El vellocino de oro by Robert Graves

By Robert Graves

El Argo, una galera de guerra, partio de Yolcos llevando a bordo una asombrosa tripulacion de heroes y semidioses (Hercules, Orfeo, Atalanta, Castor, Polux, Linceo y otros muchos) con el objetivo de robar el famoso Vellocino de Oro, celosamente custodiado por el rey de Colquide. Esta historia de maravillas y portentos, de extraordinarios episodios que se suceden sin interrupcion y que llevan a los heroes por toda l. a. costa meridional del mar Negro, es asimismo una admirable reconstruccion del caracter y las costumbres griegas (el amor a los angeles comida, el temor a l. a. venganza de los espectros y los dioses), y el mas completo y veraz de los muchos relatos que a los largo de los siglos se han escrito sobre esta remota y fascinante aventura maritima.

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1 LA TOSTADURA DE LA CEBADA Cuando el primer grupo de invasores griegos, la tribu jonia, bajó desde la parte alta del Danubio atravesando Istria e Iliria y entró por fin en Tesalia, todos los nativos, tales como los sátiros, los lapitas, los eticmos, los flégicos y los centauros, se refugiaron en las espesuras de sus milontes. Los invasores, que eran muy numerosos, trajeron consigo a sus propios dioses y todos los instrumentos sagrados de su culto. Los centauros, los habitantes aborígenes del monte Pelión, observaron cómo avanzaban lentamente, con sus rebaños y manadas, hacia la llanura de Págasas, situada al oeste, donde permanecieron varios días; pero entonces, atraídos por informes de que existían pastos aun más ricos en dirección sur, los jonios reanudaron su viaje hacia la fortaleza de Ptía y se perdieron de vista.

No destruirá el fuego la vida de la semilla sagrada? La diosa replicó: -Hazlo de todos modos. Al mismo tiempo debes envenenar el agua en los abrevaderos de las ovejas de los minias con agárico y cicuta. Mi hijo Zeus me ha despojado de mi hogar en el monte Pelión y lo voy a castigar destruyendo sus rebaños. Ino obedeció fielmente a la diosa, aunque con el corazón algo inquieto. Las mujeres ejecutaron las tareas que les habían sido asignadas, y no de mala. gana, porque odiaban a sus conquistadores minias.

Ino le dijo a Atamante: -Espero, esposo, que tengas buena suerte con tu siembra. Aquí tienes la semilla de la cebada, guardada en estas tinajas. Mira y huele, verás lo estupendamente seca que está: la semilla mohosa, como quizás ya sepas, no produce cosechas abundantes. La luna estaba en su menguante; sin embargo, los hombres minias, con Atamante a la cabeza, sembraron la semilla en los surcos arados. Lo hicieron sin ceremonia ni plegaria alguna, mientras las ninfas de Ino les observaban a distancia, riendo juntas silenciosamente.

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